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viernes, 31 de mayo de 2013

Frozen Murders, recien sacadito del horno!


 ATENCION: SI NO TE GUSTA EL GORE, NO LEAS ESTO.

Sexta Parte

Aquella podría haber sido la más exagerada de todas las reacciones que Emily pudiera haber imaginado. Tan carente de sentido, de ese sentido común que Scott tenía para todos los ámbitos y situaciones, de hecho todo pasó muy rápido y apenas tuvo tiempo de pensar porqué ocurría aquello. Le pareció gracioso el hecho de que él no pudiese optar por quedarse también o enfocarse en alguna otra meta, pero no, sus objetivos siempre debían ser alcanzados sin objeciones y con el plan anteriormente realizado. El que fuese una persona totalmente esquematizada en algunos aspectos ahora estaba suponiendo un pequeño problema en su vida. En realidad ella creía que podía controlar todo, pero ahora que lo notaba estaba saliendo de su poder y control. El muchacho que siempre había sido mucho más grande que ella se había convertido en una bestia que podía aplastarla en un abrir y cerrar de ojos. Tan rápidamente con el batir de las alas del colibrí o la caída en picada de un halcón en busca de su presa. 

Scott White había dejado su yo reflexivo y compresivo detrás de una ola de rabia que desfiguraba no solo su rostro sino su carácter y su alma. Había sido un estallido tan grande de locura que hubiese dejado totalmente orgullosa a su prima actualmente internada en un manicomio por repetidas ocasiones como esa. Él no lo sabía pero compartía un atisbo de la enfermedad que se desarrollaba en su máximo esplendor en su prima y ahora lo estaba sacando a relucir. Sin palabras, sin gritos sin sonidos amenazadores. Su furia fue tan helada y silenciosa como una repentina nevada. Los platos anteriormente situados sobre la mesa pasaron a ser paisaje del suelo y sus manos que siempre habían sido tan delicadas con el cuello de su hermosa amada ahora se habían convertido en brutales y ávidas por el dolor. Ustedes pueden que piensen que aquello no tenía ciertamente un porqué, pero si se ponen a pensar, él tenía un gran porqué. No iba a permitir jamás que su objeto de adoración pasara por otras manos a sus espaldas, nunca podría considerar el hecho de no fuese solamente suya, sabía que no había sido el único pero planeaba ser el último.

Por otra parte su enfermedad, que solo necesitaba un pequeño empujón como ese, le llevó a un estado de euforia y éxtasis mientras aquella mariposa se retorcía entre sus manos e iba perdiendo cada rayo de vida. Él nunca había experimentado una sensación tal, se le hacía la boca agua, estaba fuera de sí. Emily dejó de resistirse a lo inminente y aceptó su muerte con tristeza y melancolía, sin poder comprender aquello. Ella nunca iba a entender la importancia de mantenerla en ese estado por siempre, ella nunca podría abarcar el pensamiento tan hiriente de tener que soportar estar tan lejos y con la duda. Por eso decidió que prefería todo eso al supuesto dolor que vendría luego, un dolor mental, un malestar que gradualmente se volvería físico por pasar tantos años en un paraíso de hielo. No puedo decir que Emily no se había inmutado mientras la asfixiaban, de hecho había derramado varias lágrimas mientras el miedo se instalaba en ella como último sentimiento. Scott había apretado con tanta fuerza… nunca había hecho tal cosa. En sus manos podía sentir el agua ligeramente tibia que había rodado por las mejillas de la chica, y pudo darse cuenta por la mirada que ya no estaba con él. Que ya había pasado a un mundo donde él no podía acceder ahora. Al que no se atrevía.

Mucha gente hubiese entrado en un estado de pánico absoluto al presentarse tal ocasión, mucha gente, sí, pero no él. No, cuando su furia desapareció y en su mente aún podía degustar aquella excitación que había hecho correr su adrenalina. Era una sensación nueva, utópica, perfecta, un sentimiento de nostalgia invadió su cuerpo al ver el cadáver de su novia. No arrepentimiento, eso nunca, sino, el recuerdo de alguna vez en que vio aquellas mejillas tan llenas de vida y ahora solo mostraban una blancura en proceso de calcificación. Se sentó nuevamente en la silla, se cruzó de piernas y contempló a la mujer en galas durante un rato indefinido.

Cuando estuvo lo bastante seguro de que era el momento de entrar nuevamente en acción le tomó un segundo decidirse, pero manteniendo aquella idea en la mente se propuso sentir otra vez ese éxtasis casi platónico. Manejó el cuerpo como si fuese una muñeca de trapo, depositándola sobre la mesa y tomando uno de los cuchillos con los que habían cenado. Como todo estaba en el suelo no hubo dificultad alguna para disponer de la superficie plana que le brindaba la mesa, cuando hundió, lo que ahora había pasado a ser su instrumento de cirugía, sangre caliente, hirviendo, comenzó a salir de la herida manchando ese vestido tan hermoso. Era una locura, pero uno no podía ignorar que se había vuelto loco de remate. Era sencillo el argumento que usaría luego y como no era más que un cínico empedernido, un reptil de sangre fría, no haría más que irse argumentando que Emily se había marchado también. Obviando el hecho de que no se delataría puesto que estaba en camino a un lugar totalmente aislado durante seis años, podría alegar que no sabía nada de la desaparición pero si de un supuesto viaje que ella haría.

Sonrió de lado satisfecho con aquellos pensamientos tan simples que no supondrían un gran esfuerzo exponer ante cualquiera que exigiera una respuesta sobre el paradero de la muchacha que ahora pertenecía a él por completo. Estaba satisfecho, de hecho bastante. ¡Lo último que sus ojos habían observado habían sido los de él, se había llevado su imagen para siempre, como último recuerdo, como los amantes eternos, como la necesidad de tener al otro presente por siempre! Se sintió un romántico por momentos mientras se llenaba las manos de sangre y extraía algunos órganos del interior de Emily. De su Emily, de su muñeca, de su propiedad, ahora aquél cuerpo era uno más de sus bienes, pero no cualquier bien. No, era su bien más preciado y perfecto que pudiese existir en un mundo tan corrupto y corrompido como en el que vivían. Se mordió los labios mientras depositaba todo dentro del bolso de la chica, le parecieron atractivos los guantes carmesí que portaba en ese instante, contempló su obra maestra. Mucho más magistral que cualquier pintura que ella podría haber pintado jamás.

-        -  Eres tan… hermosa –un susurro cansado, lastimero. Ahora toda aquella adrenalina se convertía en pesadez y una sensación de exhaustivo pesar. Se miró las manos, la volvió a mirar, sus sonrisas variaban de todos los matices posibles y habidos, pero la tristeza nunca llegó a su mente, a su corazón ni a sus facciones. Se había convertido en un ser tan frío como el más grande de todos los témpanos. No podía parar de apreciarla, incluso mucho más hermosa que en vida, ahora realmente quería llevársela y adorarla como en una ensoñación provocada por Morfeo. Estaba conmovido, nunca tanto como para considerar derramar una lágrima al ver tanta hermosura apilada. Decidió que aquellos integrantes que una vez habían estado dentro de ella serían sus trofeos y no tardaría nada en ponerlos en frascos en su bóveda. Suspiró por última vez y acomodó las manos de Emily sobre su estómago abierto de par en par, vacío, horrendo, violado, antinatural, como en un gesto de pura paz. Más nunca se le pasó por la cabeza cerrar aquellos bellos ojos que miraban a la nada con el maquillaje corrido. No, nunca podría hacerlo, aquello sería aceptar su verdadera muerte y no podía considerar tal cosa. Tomó una copa del suelo medio rota, medio sana y la llenó de vino. Simplemente se limitó a contemplar y beber, imaginando y cavilando si su sangre sería tan deliciosa, tan exquisita y tan exótica como creía.

jueves, 3 de mayo de 2012

miércoles, 19 de enero de 2011

Frozen Murders

Puf, cinco meses después del último capítulo.


Quinta Parte

Nadie había esperado que el viaje en auto fuese tan incómodo y callado como aquél. Emily le había dado la dirección a su compañero momentos después de subir al vehículo. Lo cierto es que en varias ocasiones tuvo que discutir y refunfuñar para indicarle el camino correcto porque Scott tomaba atajos que ella no conocía y hacía sacar de sus cabales a la chica. En cualquier caso él habría disfrutado haciéndola rabiar, pero en ese preciso momento no, claro que no. En su mente resonaba la pregunta sin respuesta, la que tanto le estaba atormentando y le excitaba, quería saber si realmente podía contar con el apoyo de la pelirroja en esa expedición. Por ende, no prestaba mucha atención a lo que ella le decía y se sentía tenso, vacilante. Tenía la duda. Scott era una persona impaciente, se pregunto una y mil veces y sacarse la duda en ese momento o esperar a cuando hubiesen terminado de cenar, pero luego de notar que ella también estaba mal de cierto modo, de que se había rito el hechizo de su apariencia, de que no todo era miel sobre hojuelas, decidió callarse y obedecer.

De a poco, los edificios se convirtieron en casas, las casas en árboles y los árboles en una maraña negra que pasaba a los lados del coche. La luz del salpicadero era lo único que iluminaba sus rostros y el silencio había impuesto su reinado hacía varios minutos ya. Ni la radio era capaz de liberar el ambiente de la tención y conmoción. Emily suspiró y miró por la ventanilla del auto para intentar distraer la mente, parecía impensable lo rápido que se había transformado la atmósfera y los estados anímicos de ambos. Era imposible, era terrible y amargamente cómico. Irónico. Espantoso.

Una luz.
Una cosa realmente iluminada a lo lejos. La chica se acomodó en su asiento y una sonrisa se expandió por su rostro, esperando ver la reacción de su acompañante. Estaba seguro que a él le encantaría y no era para menos, si realmente era algo hermoso y único. Se contuvo de mirar a Scott y únicamente se dedicó a inspeccionar lo que podía, aún era bastante pequeño el lugar para poder verlo con detalle y juzgar si se habían equivocado en algo o no. En un par de minutos ya habían arribado y se habían bajado del auto cuando el moreno fue hacia su lado y le volvió a ofrecer el brazo. Emily no se esperaba encontrar una sonrisa radiante de parte de él, ella esperaba ver un gesto gélido y chocante, pero solo había encontrado dulzura en esos ojos tan difíciles de sondear en aquella oscuridad. La noche era estrellada para su fortuna, la nieve se esparcía a su alrededor para brindarles la más grande alfombra blanca que ella pudiese imaginar. Dirigió sus ojos hacia donde estaban destinados a ir y se quedó sin aliento alguno que se disipó en un bao de humo en el aire. La estructura era metálica, pero estaba todo cubierto de vidrio así que podía verse perfectamente en su interior, a simple vista uno podría decir que se trataba de un invernadero en medio de la mismísima nada y con un piso hecho de vidrio cubierto de una alfombra borgoña. En el centro había una mesa con todo preparado para una cena, incluidas velas. Todo eso iluminado por más velas a su alrededor, uno podría decirse que no se veía muy bien y la luz era escasa, pero lo sorprendente era que parecía iluminado por unos cuantos reflectores.

Avanzaron con lentitud, ambos sin poder creer lo que estaba antes sus ojos. La ojiazul aún no se creía que ella pudiese haber creado eso, ella solo lo había visitado durante el día y no se veía así de espectacular. Ahora era muchísimo mejor. Entraron por la puerta corrediza, se imaginaron que tendrían frío, pero otra vez estaban equivocados. Scott aún no entendía de dónde salía el calor, pero sospechaba que del suelo. Miró por todos lados, en su vida había visitado un lugar así y estaba seguro que si hacían un restaurante, en este sitio, con un lugar hecho totalmente de cristales y decorado de aquella forma, se harían instantáneamente millonarios. Tal vez debería replanteárselo. Sin desperdiciar ni un minuto, le quito el abrigo a Emily y lo puso en el respaldo de su asiento, luego hizo un ademán ofreciéndole la silla con caballerosidad, ella la aceptó y se sentó. A un lado de la mesa había un carrito con una especie de alacena, donde se podía abrir y encontrar la cena. La muchacha se mordió los labios mientras Scott servía todo y se sentaba a la mesa también.

- Impresionante –dijo en una exhalación mientras miraba el techo, podía observar con toda claridad el cielo salpicado de estrellas aquí y allá. En realidad no podía creerlo y, si uno se ponía a pensar, era algo bastante sencillo. El techo era más alto en el centro, era como una cúpula en punta con seis caras rectas, en si, una estructura que intentaba ser circular, pero con líneas rectas. Y tanto dentro como por fuera un sin fin de velas blancas y rojas, todo sumaba un ambiente romántico, único, hermoso. Nada podría compararse con eso.
- Lo se –respondió con el orgullo impregnando su voz y las fracciones. Ella no podía estar más contenta con su trabajo y le alegraba infinitamente que a él también le hubiese gustado. Ahora solo quedaba lo más difícil. Pasar con rapidez los temas que no querían ser tratados y descarrilarse a una velada espléndida, llena de risas, recuerdos y cariño. La cena se basaba en mariscos. Él no se lo había esperado, pero le agradaba. No tenía ninguna especie de queja respecto a nada de ahí. Pasó el rato y ambos descubrieron una botella de champagne espumoso que no tardaron en abrir. Ninguno se había embriagado nunca estando en presencia del otro y no esperaban hacerlo, tal vez…
- ¿Ya haz decidido? –lanzó la pregunta furtivamente, como quien no quiere la cosa, en un momento que parecía libre de preocupaciones. De una manera desinteresada del asunto.
- ¿Perdón? –Emily bajó el tenedor y lo miró sin comprender duramente un momento, lo había estado pasando tan bien que había olvidado eso que le estaba sofocando tanto. Se sintió cohibida y apartó la mirada para ponerla en el planto.- Si, decidí…-no hubo más palabras. Ella no se movió. Scott la miraba fijamente con la emoción contenida, esperando esa maravillosa respuesta afirmativa, pero ella no hablaba. Y comenzó a preocuparse. Se sintió extraño, y dejó de comer él también. Los minutos pasaban y Emily seguía callada mientras se debatía internamente, ella no pensaba cambiar de opinión y le daba miedo responder esa simple pregunta. No sabía qué reacción tendría y le asustaba imaginarlo, pero por un momento se dijo que todo estaba bien, que él le había jurado santísimas veces que nadie le haría daño jamás. Y ella, confiaba ciegamente en Scott.- No iré Scott, no puedo, no puedo dejar mi vida aquí e instalarme tantos años en la Antártida –un par de lágrimas decendieron por su rostro y una media sonrisa apagada pareció en sus labios. Esperaba que él la comprendiera, que se pusiera en su lugar.

Cuando se atrevió a mirarlo a los ojos, porque había pasado un largo rato y ya no se oía ni su respiración, se encontró con algo que jamás pensó ver, no en él. Sus ojos, brillaron rojos, intensos y macabros.


"You could be great, you know, and Slytherin will help you on the way to greatness, no doubt about that."

martes, 17 de agosto de 2010

Frozen Murders

¡Al fin, después de dos meses!

Cuarta Parte

La cuestión, es que Emily había sido invitada por su primo a pasar unos días en el campo y como Scott no tenía ninguna objeción, ella había aceptado alegremente. Si bien, no era una chica completamente elegante, tampoco le gustaba mucho estar en la intemperie, pero podría aprovechar el espacio para poder dejar volar la imaginación y crear algún nuevo cuadro, hasta podría obligar a su primo a modelar para ella y así poder tener una pintura más interesante. Ella no había practicado demasiado el pintar a las personas, pero las sombras se le daban muy bien y tenía en mente una cosa en tonos amarillos y anaranjados con la silueta de un hombre a la distancia, viendo la puesta de sol y disfrutando de los últimos rayos cálidos que emanaba el astro rey. La chica tenía dos formas de pintura, la espontánea, que se le daba mayormente en su taller y aquella que ya iba planeando con anticipación contando con los elementos que tenía y los que necesitaba. En este caso tenía a disposición un espacio abierto donde la naturaleza le rodeaba por completo y estaba dispuesta a sacar provecho de eso, como sus padres siempre le habían enseñado, nunca desperdiciar una buena oportunidad.

Por otro lado, el profesor de Literatura se dedicó a fumar y leer el fin de semana, había decidido que no se haría problema de nada y que disfrutaría esos momentos a solas que podía tener consigo mismo. Digamos, no es que él despreciara la compañía de su novia, sus risas y gritos histéricos porque él hacía algún comentario que a ella no le agradaba. Por momentos dejaba de prestar atención a lo que leía, que generalmente eran novelas, y se ponía a pensar en su sonrisa y en el sonido de su voz, la amaba de una forma tan fuerte, a amaba con locura y no pasaban ni dos días y la extrañaba, la extrañaba tanto que muchas veces se le cruzó por la cabeza el tomar las llaves que estaban en la mesa de la entrada e ir con su coche hasta la finca donde se encontraba hospedada. Además, un tema que habían zanjado permanecía estancado en su mente, eso de la Antártida. Si bien, él no la obligaría a ir, conservaba una pequeña esperanza a la que se aferraba con alma y vida, esperando que efectivamente ella aceptara y pudiesen seguir su relación como siempre, además, tenía el fundamento de que ella amaba la nieve y allá había mucha, toda la que se podría imaginar y hasta tal vez desear.

Los días pasaron, tal vez no tan rápido como ambos esperaban, pero ya en la casa se hacía notoria la falta de la muchacha, era la vida, el alma, el espíritu, eso que hacía todo tan musical y bonito. Cuando llegó, todo se iluminó, principalmente por la luz del sol que entraba por la puerta abierta en su totalidad. El hombre estaba al pie de la escalera, había dejado caer el periódico de esa mañana, tenía el cabello alborotado, los ojos perezosos, pero estaba perfectamente vestido. Ella, portaba un vestido corto y suelto de color crema, gafas de sol que cubrían sus ojos, aquellos hermosos ojos que lograban cautivar a su novio, como si tuviese algún efecto hechizante, hipnótico. Su cabello estaba todo desparramado por la brisa y tenía los brazos abiertos, como era de esperarse, había apartado la puerta de su paso con una patada, las maletas se encontraban tiradas a un lado, como si hubiesen sido abandonadas ahí hacía días y nadie había ido a recogerlas.

- ¡Volví! –gritó ella, haciendo que él reaccionara y fuese a abrazarla por la cintura, riendo de la alegría junto con la pelirroja. Ambas bocas se fundieron en un beso tierno y apasionado en el cual demostraban todo aquello que sentían, cuanto se amaban, cuanto se habían echado en menos y todo lo que se necesitaban. Simplemente, estaban hechos el uno para el otro y no había otra cosa para decir.
- Emi, mi Emi volvió a casa –sonrió de una manera jovial mientras la apretaba contra si, como si temiera que en cualquier momento ella desapareciera y aquél sueño maravilloso se tornase a una pesadilla de cuento. La emoción era, simplemente, inminente y cargaba la atmósfera del aire. Atento, siempre atento, tomó con una mano las dos enormes valijas y las dejó a un lado de la puerta, pero dentro de la casa. Cerró con el pie la entrada y ambos fueron rumbo escaleras arriba, porque no podían evitar demostrar sus sentimientos, porque era demasiado fuerte eso que sentían como para expresarlo con un simple “te extrañé” mutuo.

Viernes había sido el día en que Emily se había ido y miércoles el que había vuelto, un espléndido miércoles de mañana. Tan solo faltaban dos días para que fuese la noche más especial de la pareja, la muchacha se había encargado absolutamente de todo, pero no había parado de dar vueltas de ir y venir, de quejarse y gritar por el teléfono en esas 48 hs que le quedaban para arreglar cada mínimo e irrelevante detalle. Ella no aceptaba cosas mediocres y Scott bien sabía eso, y le encantaba molestarla, porque cuando ella se cabreaba saca a relucir una bestia salvaje que le atraía y le parecía totalmente fascinante. Para él todo fue normal, gritos, más gritos, besos, risas, abrazos, bufidos y rodadas de ojos además de aquél toque de nervios que siempre estaba presente en el cuerpo de la ojiazul. Todo era tan típico que no podría decirse que esa misma noche cenarían solos, posiblemente en uno de los lugares arquitectónicos más curiosos de todos, no solo por su localización, sino por su rara estructura.

El hecho es que él no tardó demasiado en arreglarse, puesto que ya tenía la ropa sobre la cama. Lo único que había tenido que hacer era bañarse, y vestirse. Solo tuvo un pequeño incidente con su corbata, hasta que no había quedado como quería, Emily no había parado de darle vueltas, refunfuñar y gruñir, en ropa interior porque ella aún no se había metido bajo la ducha. Le agradeció con un corto beso en los labios al cual ella casi ni había prestado atención y bajó las escaleras mientras se revisaba los puños del traje. Se decidió por encender la televisión a sabiendas que su novia tardaría alrededor de dos horas en estar totalmente lista, porque siempre quedaban cosas para hacer. La frustración e impaciencia lograron abordarlo por completo cuando pasaron cuarenta y cinco minutos sin poder encontrar nada que verdaderamente pudiese llamarle la atención en la caja boba, hasta que se decidió a poner el History Channel e informarse sobre el gobierno del despiadado Mussolini.

Alguien se aclaró la garganta, pero él estaba sumergido en un mundo de fachos, violencia y disputas ideológicas entre los diferentes partidos políticos. Otro ruido más fuerte que al ser nuevamente ignorado se convirtió en un grito como llamada de atención. Se volvió con rapidez, temiendo que hubiese podido pasar algo malo y la vio. Esos suaves mechones cayendo sobre sus hombros y espalda, cada uno perfectamente acomodado y destellando, más rojos y vivos que nunca, como una llama que estaba completamente quieta en un lugar. Su rostro pálido resaltaba, sus ojos se notaban profundos por la sombra que se había aplicado en los párpados, estaban delineados como siempre con negro y sus pestañas estaban maravillosamente curvadas hacia arriba gracias al rimel, un dulce rubor se esparcía por sus mejillas y como si fuera poco, sus labios ahora eran de un color rojo muy provocador. Hasta ahora solo había visto su rostro y cabello, así que no quería ni imaginar lo que sería la ropa. Contuvo la respiración, lo que le parecían años, eran tan solo milésimas de segundos, suficientes para apreciar cada detalle de la apariencia de Emily. El vestido era azul marino, de gasa, y con unos volados que parecían flotar en el aire. Tenía tiras que sostenían todo en su lugar y en la parte frontal tenía algunos motivos hechos con mostacillas del mismo color que la tela. Para completar el atuendo, zapatos de raso a juego y un pequeño bolso negro. En un brazo colgaba el sobretodo negro que ocultaría tal maravilla, que había sido diseñado por la chica.

-… Increíble –murmuró sin respiración casi, no recordaba nunca haberla visto más hermosa y más perfecta que en ese momento. Ella sonrió de una manera que podría haber hecho infartar a cualquiera y bajó con cuidado para no caer y romperse una pierna por aquellas tramposas escaleras.
- Oye, Scott, cierra la boca que se te caerá la baba –rió divertida mientras se ponía el abrigo, él aún no se movía de donde estaba, pero en pocos segundos más reaccionó y caminó hasta la puerta con rapidez. Se sentía nervioso por llevar consigo a tal mujer, receloso de casa cosa en aquella casa, como si en cualquier momento decidieran cobrar vida y devorársela. No, él no dejaría que nadie le hiciera daño ni la arrancara de su lado. Abrió la puerta y de una forma caballerosa le ofreció el brazo, el cual ella tomó encantada.
- Por aquí señorita, y mire dónde pisa que no queremos accidentes esta noche –repuso divertido mientras caminaban fuera, cerraba la puerta y se dirigían al auto.
- Claro, señor, que caballeroso usted –dijo la chica mientras tanto, siguiendo con aquella pequeña broma mientras se mordía suavemente el labio inferior. Ésa era su noche, ése era su momento de brillar y ésa, tal vez iba a ser uno de los momentos más feliz e incómodo que nunca podría pasar junto con la persona que más amaba. Esa noche, le iba a dar su respuesta, esa noche, él iba a replantear la pregunta.


"A Dirge for her the doubly dead in that she died so young"

martes, 11 de mayo de 2010

Frozen Murders

Tercera Parte

Sus labios estaban entreabiertos pero de ellos solo salían torpeas vacilaciones que no llegaban a ser una oración en concreto. El suspenso le estaba carcomiendo por dentro de una manera que nunca había creído posible y su silencio le hacía dudar de que si ella realmente quería ir con él. De todas formas, le entendía ¿Quién en su sano juicio gustaría de ir a la Antártica a estudiar su fauna? Además, no es que se irían a quedar una semana sino que el tiempo estimado de la estadía allí sería mas de dos años, le esperaban muchas cosas ahí y no estaba seguro de si ella sería la misma persona, de si le esperaría, se si le seguiría amando devotamente como él mismo lo hacía. Por unos segundos, en ese tiempo en que ella cruelmente le había dado para cavilar, se despertó un miedo irracional por todas las cosas que podrían pasar en su ausencia. La miró con intensidad, esperando su respuesta, tratando de escarbar en lo más profundo de su alma para encontrar aquello que ella le estaba escondiendo. Emily era una maestra de la mentira, y aún para él era difícil determinar si ella hablaba con la verdad o no. La muchacha le miraba como si no hubiese entendido su pregunta, como si fuese una incomprendida.
- No... no sé –en realidad tenía miedo, tenía mucho miedo por la contestación que acababa de dar. Por que él no aceptaba un no por respuesta y la pelirroja digamos que había tenido muchas peleas con él como para querer otra más por este tema. Vio cómo Scott tragaba lentamente, parecía estar procesándolo pero ella hubiese pagado una fortuna por saber lo que estaba pasando por su cabeza en ese mismo momento. Siempre había sido un misterio y siempre lo sería, aún no entendía cómo es que la quería tanto, le parecía algo estúpido de su parte dado que ella no tenía unos súper conocimientos como él, se sentía una chiquilla tonta en sus brazos.
- Anda, Em –puso sus mejores ojos de borreguito, cosa que siempre la persuadía y le satisfacía de una manera casi anormal el poder usar esa arma contra ella. De todas formas la chica casi siempre se salía con la suya pero a veces no se resistía y cedía como buena niña que era, o aparentaba ser. El perfume de la cabellera de su novia le golpeó el rostro cuando ella sacudía la cabeza de un lado a otro, tal vez en un gesto muy exagerado de cría. Le estaba negando ¿Qué le negaba? ¿Qué no iba a ir? ¿Qué no sabía si iba a ir? Se mordió el labio unos minutos manteniendo esa mirada y concentrando toda la poca ternura que tenía en su ser para convencerla.
- No lo sé, tengo que pensarlo –repuso mientras se cruzaba de brazos casi enfurruñada, no era justo, no lo era. Ella siempre usaba esas expresiones, el chico se estaba portando mal con ella al robarle la idea pero estaba segura que jamás podría ganarle en cuestión de ser melosa, tierna e insoportablemente dulce. La ojiverde se llevaba los premios y los honores y casi siempre lo fingía. Se preguntaba porqué no se había decidido por la carrera de actriz… No, claro, sus padres le habían dicho que esos no tenían futuro y que viviría imitando a personajes inexistentes, pasando a ser la fantasía de muchos. En cambio, le arrastraron hacia las enoconomías, digamos que su familia era el prototipo donde todos eran contadores. El padre, el tío, el primo, el hermano, la madre. Todos reconocidos, todos serios y ella la oveja negra que, aunque fuese excelente en la contabilidad, se había dedicado por algo mas bohemio, hacia la pintura. Algo gracioso que le había pasado era que caminando por la calle, de un humor de aquellos por haber discutido a los gritos con el gerente del supermercado, un representante de modelos rumanas, que estaba de vacaciones allí, le había parado y le había dado su número por si quería participar de algún desfile. Esa era una de sus tantas anécdotas.
- De acuerdo, de acuerdo, cuando lo sepas me dices, si? –una sonrisa pícara se había formado en sus labios al ver esa cara de niña enojada que tenía, pero sabía que eso era solo en la superficie y que por dentro ella estaba maquinando algo, que estaba recordando o rememorando cosas pasadas. Emily siempre se andaba con esas cosas, también tenía una capacidad sorprendente de hilar una cosa con otra y terminar pensando cosas que si te fijabas bien no tenían nada que ver una con la otra, pero cuando lo estudiabas mas profundamente, en realidad si.- Falta una semana –Su voz denotaban una emoción contenida, seguramente era felicidad y ansias. Los brazos que estaban alrededor del frágil cuerpo de la muchacha la apretaron más, pero con la fuerza justa como para no hacerle ningún tipo de daño. La levantó unos centímetros del suelo y comenzó a caminar hasta el sofá donde anteriormente había estado durmiendo antes de que su hermosísima princesa le hubiese despertado.
- Lo se –sonrió complacida y pasó los brazos por el cuello del chico, mientras sus dedos se entretenían con su cabello tan suave al tacto. Tenía un color oscuro que le encantaba y el largo era el justo como para que ella pudiese tomar un puñado y jalarlo sin problema alguno. El chico se sentó, y a ella en el regazo, sin soltarla ni la chica a él.
- ¿Elegiste el lugar? –ladeó un poco el rostro mientras le daba un beso en la mejilla, a sabiendas de que a ella le enojaría por no ser en los labios. Le vio poner un puchero de esos que tanto le gustaban y le mordió los labios, esos labios que le volvían loco como ningunos otros lo habían hecho, esos labios que le hacían suspirar, esos labios los cuales vivía deseando. Emily sonrió y asintió, en realidad ella tenía todo preparado desde hacía mucho tiempo. A la ojiverde no se le escapaba nada nunca ningún detalle y cuando se trataba de organizar eventos le entraba una emoción importante la cual le inspiraba. Ya tenía listo lo que ella se iba a poner, lo que él se iba a poner, dónde sería, la comida, todo. Aunque sus padres fuesen… digamos… ricos, ella no se abusaba de ello pero aunque sus progenitores le guardasen algo de rencor por no seguir la profesión de la familia insistían en hacerse cargo de los gastos que ella tuviese o la mayoría de ellos. La chica evitaba hablarle de las inversiones pero ellos siempre sacaban el tema a colación y hacían su aporte, con o sin el consentimiento de la pelirroja por ello siempre tenía dinero en su tarjeta de crédito, Lo veía bastante injusto porque quería ser independiente pero ellos la obligaban, en cierta forma, a depender.
- ¿Con quién te crees que estás hablando? Pero pues claro que tengo el lugar, te va a encantar –se mordió los labios, con un rostro risueño y encantador mientras imágenes de todo lo preparado pasaban por su mente. Era una romántica empedernida, nadie podía decir que no, todo aquél que la conocía destacaba lo dulce que era, lo risueña, lo melosa y lo asquerosamente romántica que era. A veces y parecía que quería todo de cuentos de hadas pero tenía muy en cuenta que no todo era posible en esta vida.
- Déjame adivinar –le robó un beso y rió entre dientes- ¿Habrá velas? –la chica asintió, el sonrió cínico, le encantaba prever las cosas- ¿Habrá nieve? –enmarcó una ceja, estaba totalmente al tanto de que ella era amante de los paisajes nevados y por tanto estaba seguro que sería en las afueras, o en un lugar vidriado donde se pudiese contemplar la blancura. Se imaginó una galería sellada, totalmente de vidrio, desde las paredes hasta el techo. Le gustó aquello, sería fascinante ver la estructura. Estaba seguro que si eso no existía, ella lo haría construir solo para los dos aunque fuese de un solo uso en toda la vida.
- Y ya sé qué me voy a poner –avisó con voz cantarina mientras ahora ella le robaba un beso, pequeño y rápido. So rió, como si fuese una niña que acababa de cometer una travesura en las narices de su padre y el no lo hubiese notado, o tal ves si, pero hacía la vista gorda. El chico se la devoró con los ojos durante un momento mientras contemplaba aquella expresión totalmente infantil en su rostro.
- Ya quiero verlo –porque estaba seguro y hasta se jugaría la vida en la ruleta rusa aún sabiendo que podría volarse los sesos y esparcirlos a los pies de su amada, de que ella portaría un vestido. No estaba seguro si sería negro o violeta, porque esos, según él estaba informado, eran los colores predilectos de la chica. De todas formas todo le quedaba bien. Volvió a robarle otro beso, uno mas largo y atrevido mientras sus manos se pasaban por su vientre de una manera dulce, ella sabía sacarle lo mejor desde dentro de las entrañas.
- Y lo harás, pero tendrás que esperar una semana –su voz era solemne, su sonrisa divertida. Esta vez no le robó un beso, sino que exigió uno como debería ser. Scott sonrió divertido, según ella, se le “resecaban los labios”. Sus bocas se fundieron en un beso, cariñoso, intenso, parecían el uno hecho para el otro, encajando a la perfección. Se quedaron así hasta que los pómulos de la chica se volvieron rosados y su cabeza dio vueltas debido a la falta de aire. Era gracioso, quién se hubiese puesto a pensar en que podía morir asfixiada mientras te besan, una forma curiosa de perder la vida, sin dudas. A veces le sorprendía pensar en cosas como esas, ella no quería admitirlo pero tenía una mente un tanto retorcida en cuanto a esos temas, de un momento a otro podía estar pensando de flores amarillas hasta la sangre podrida de las cabezas en picas de las épocas de los caballeros de armadura y los dragones. Lo había visto en las películas, porque ella al igual que su novio eran amantes de los films bélicos y de terror y su imaginación en gran parte, era impulsada por ese tipo de imágenes gráficas. Se separaron, teniendo la respiración un tanto agitada y el ojiazul pasó una mano por el rostro de la chica el cual casi siempre estaba ligeramente maquillado con una base de polvo, ojos delineados de un negro intenso y las pestañas recubiertas de rimel, las cuales parecían mucho más largas. Le acomodó un mechón de cabello rebelde y le sonrió, una sonrisa tranquila, en paz. Por el momento, el tema más importante hasta ahora se había quedado en el olvido, pero ella no quería ni imaginar qué pasaría cuando le diese la respuesta. Porque quisiera o no aceptarlo, ya sabía qué le iba a decir.

martes, 27 de abril de 2010

Frozen Murders

Segunda Parte

Al fin se había librado de ese cartero que no tenía dos dedos de frente para darse cuenta que él no quería tanta cháchara banal como le estaba dando. Tenía otros asuntos mas importantes que atender, cosas mas productivas en qué gastar su tiempo y esfuerzos como por ejemplo leer esa carta que ahora reposaba sobre la mesa. No sabía bien por cuanto tiempo mas estaría esperando, tampoco entendía porqué esperaba o qué esperaba. Rió, esta vez su risa fue pequeña, divertida y rayando en lo tonta. Tomó el papel que tan tentado lo tenía y lo abrió para a continuación leer con suma avidez su contenido, en sus labios reposaba una sonrisa tranquila y confiada como si supiese exactamente palabra por palabra lo que diría ese comunicado que le había llegado hacía solo un par de minutos. En efecto, le habían concedido el permiso para hacer el estudio porque aunque él fuese profesor de Literatura también tenía bastos conocimientos sobre la geografía y biología marina. Tenía un proyecto en mente, uno que le hubiese costado una fortuna de no haber sido por la Universidad que decidió costearle el viaje. Ahora le esperaban seis meses en la Antártica estudiando los terrenos limítrofes y su fauna salvaje, siempre le había interesado y siempre había soñado con ello. Ahora solo faltaba decírselo a Emily, no tenía una idea clara si ella querría quedarse ahí a esperarlo o preferiría acompañarle en esa aventura descabellada que se había propuesto hacía mucho tiempo, cuando aún era un niño que todavía no había entrado en la adolescencia. Aún se recordaba, desgarbado, el cabello siempre desordenando (Tal como ahora), sus ojos siempre estaban risueños y sumamente cristalinos, bastante flacucho y alto, muy alto para tener la edad que tenía. Podía hacerse pasar por un joven de unos tres o cuatro años más.

Dobló con un cuidado especial el trozo de papel y lo puso en el bolsillo de su camisa, como era mas largo resaltaba un borde blanco en todo el negro de la tela, esperaba que su amada lo notase rápido y se interesara. Ya se la imaginaba colgada de sus brazos rogando por que le dijese de qué iba esa misteriosa carta, es que ella era así, no se rendiría, daría vuelta el cielo y la tierra y si te gritaba ya era mejor que empieces a correr. Él no había conocido a ser mas cruel y hermoso que ella, todo una niña, su princesita. Camino con pereza por la sala hasta desplomarse con agilidad sobre su sofá individual que tanto le gustaba, apoyó la cabeza contra el respaldo y miró el techo revestido en madera como toda la habitación. El momento y el silencio le ayudaban a pensar que no tenía nada que hacer, que era Sábado en la mañana y que su amor estaba de compras o eso es lo que le había dicho hacía dos días por la noche antes de irse a la cama para visitar el mundo de Morfeo. Cerró los ojos teniendo como última visión su estantería rebosante de libros de todas las clases, colores, tamaños, texturas. y tapas, con diferentes formatos de letras, distintos autores y los cuales estaban acomodados cuidadosamente por letra y género. Era amante nato de la lectura y sería todo una paradoja si no le gustasen los libros siendo el profesor de esa materia que tanto tenía que ver con ellos. Por unos momentos, dejó de sentir y de escuchar, todo se había vuelto una nebulosa confusa y calma, era como ir al ralenti. No sabía cuanto tiempo había estado así, no le importaba ya que tenía tiempo de sobra en aquél día y la verdad es que le había venido bastante bien hecharce una cabeceada en ese momento dado que se había despertado muy temprano en la mañana cuando podría haber dormido mucho rato mas. El caso es que la carta le tenía exitado y casi no había podido dormir aquella noche.

Abrió los ojos para poder deleitarse con el rostro de su niña, tan perfecta como siempre, todo le hacía lucir espléndida incluso si eran unos pantalones de razo multicolores y un top naranja fluo, le combinaría con su cabello, sin dudas. Lo miraba con esa cara que ella siempre tenía, esa que le hacía recordar que tenía en un rincón de su mente una parte buena, una parte cuerda, una parte que era, digamos, lo mejor de él. Ella sabía sacar lo mejor de él. Se quedó medio segundo embobado con la vista, ella tenía sus ojos clavados en los de él como nadie nunca podía hacerlo. Sabía como lidiar con su mirada penetrante, como hielo en estado puro, estaba consiente de que a la persona quien amaba tenía pensamientos descabellados, locos, excentricos, que era un ególatra, un narcisista y que la amaba con todo su cuerpo ser y alma como ella también lo hacía. Fruncía el ceño, lo tenía tomado por los hombros y lo estaba moviendo de un lado hacia el otro para despertarlo, hacía tan solo cinco segundos que había llegado a la casa o eso se podía adivinar dado que las bolsas reposaban o mejor dicho, estaban tiradas junto a la entrada de la estancia y ella llevaba las gafas de sol levantadas. Ese vestido rosa pastel que portaba, ceñido al cuerpo, resaltaba esas pequeñas curvas que casi no se veían porque era muy flaca, era curiosamente flaca. Hacía algunos meses Scott la había descubierto en el baño, era bulímica, pero le había mandado a rehabilitación y había surtido efecto.

- ... ¿Me escuchas? ¿Estas escuchando lo que te digo? -exigió mientras se llevaba las manos a la cadera y daba golpecitos en el suelo de madera con el pie. Tenía tacones. Lo dedujo por el sonido tan estruendoso que provocaba para sus oídos sensibles ya que recién se despertaba de hecharce una buena siesta. Calculaba que ella se había demorado mas de lo que habían acordado y que él no desperdició ese tiempo, de todas formas le sorprendió el hecho de poder dormir tanto.
- No realmente -sincero, había que serlo con ella porque lo peor que podías hacer era mentirle porque lo sabría al segundo después de dicha aquella mentira. Y luego, había que ganarse su confianza nuevamente con toneladas de mimos y promesas que no podían quedarse sin cumplir. Emily era complicada, era tan complicada como Scott y tan diferente que asta parecían agua y aceite. Obviamente se complementaban y tenían alguna que otra similitud pero no había que subestimar a la chica porque era peligrosa. Ésa era otras de las cosas que le gustaban, que no era lo que aparentaba. Podía darte a entender por su apariencia que era una joven débil, delicada, dulce y fácil de herir y en verdad lo era, pero por dentro era una leona, era peligrosa, podía darte un manotazo en la cara y tenía la mano tan pero tan pesada que hasta te dolería y te dejaría una marca roja como para que la recordaras. Sus gritos eran tan altos que los vecinos temían discutirle y podía mandarte a la mierda sin un mínimo esfuerzo. En cierta parte si, era fácil de herirla pero siempre recaía en la furia, era muy enojona y él se lo repetía a diario. Pero le encantaba, con todos sus defectos y demás, le encantaba.
- Oh, bien, bien, que bueno -bufó molesta mientras se daba media vuelta, se quitaba las gafas y se dirigía rumbo a la cocina, con sus tacos resonando. Sus posadas eran fuertes y claras. Si, en efecto, estaba completamente indignada por ser ignorada de esa forma. El ojiazul rodó los ojos y se puso en pie sin ningún tipo de esfuerzo para seguirla como perro faldero aunque él no lo era en absoluto siempre había dependido irracionalmente de la pelirroja.
- Me ha llegado algo -alardeó como para incitarle, para sembrar la semilla de la curiosidad, para hacer que ella dejara de lado su pequeño berrinche de niña pequeña y le prestara atención a algo que a él le importase de veras. Y como si lo hubiese predecido, Emily ya estaba junto a él, con las manos reposando sobre su pecho y los ojos abiertos, tan abiertos, que parecían los platitos que se usaban para las tazas de café.
-¿Qué, el qué, qué es, qué? -Se la veía emosionada y como no si el chico había estado casi insoportable por esa tonta carta que tan genial era. El muchacho no pudo hacer mas que reír mientras con una mano rodeaba su cintura y la otra se encargaba de sacar aquel objeto tan extraordinario y simple como una carta, papel, una de las sustancias mas comunes del mundo. Su sonrisa cínica apareció en los labios, presente en todo momento en que la necesitase y le entregó el sobre. La chica la tomó con sumo cuidado, como si temiese que con un solo descuido pudiese romperla, hacerla pedazos o, si le mirábamos por otra parte, que ella misma pudiese cortarse con el papel que ahora podía presentar ser un peligro, no mortal, pero si un peligro para su piel. La leyó, la releyó y la volvió a leer. - ¡Scott, Scott! -No lo creía, no se lo creía, no podía siquiera imaginarlo. ¡Lo habían aceptado! Por fin le habían concedido el permiso con los gastos pagados. Lanzó un gritito de euforia y lo abrazó en un arrebato de alegría infinita, como solo ella podía expresar en ese momento, como solo ella podría pasarle toda esa felicidad y orgullo a través del contacto o del ambiente. Él, también se sintió así. Sorprendentemente era tal la felicidad de la muchacha que lo contagiaba.
- Lo se, linda -siguió sonriendo, franco, lleno de esas emociones que lo aplastaban. Había cerrado sus brazos en torno a la cintura de la joven, como para que no se le escapase jamás, y es que no estaba dispuesto a dejarla ir. Quería tenerla con él hasta que terminasen sus días como un simple mundano y eso lo tenía planeado ya. La miró, apartándose un poco como para tener una mejor visión de su rostro, notaba las pecas casi imperceptibles de la chica que moteaban y decoraban su nariz y mejillas de una forma adorable.- Solo tengo una pregunta para ti -hizo una pausa como para dejarle lugar a ella, a que dijese algo si quería hablar y además, eso le confería cierto aire de suspenso a la cosa- ¿Me acompañarás o te quedarás?

miércoles, 21 de abril de 2010

Frozen Murders

Primera Parte

Su espiración era agitada, su aliento era notable. Temblaba, estaba asustado y no sabía qué dirección tomar. Había corrido durante un tramo de las escaleras bastante largo y hasta había corrido peligro de caerse. La situación no era de las mejores; se habían quedado sin provisiones, el sistema de seguridad les había fallado, y todo recurso que pudiesen tener se había perdido como si nunca hubiese existido. El lugar estaba a oscuras, solo rezaba porque no lo encontraran aunque vamos, si de todas formas si no moría así lo haría en la nieve, por la hipotermia. Aquél silencio sepulcral le daba mala espina, las ventanas estaban mugrientas y todo conllevaba a una atmósfera típica de las películas de terror. Sonrió, que paradójico, a él le encantaban esas películas y siempre había soñado con participar de una pero ahora que sabía lo que sentían los verdaderos personajes y era parte de aquello que había anhelado pero dejado a un lado, no lo quería. Lo rechazaba, le daría el papel a alguien más. Prefería ser el espectador que botaba en el asiento por los sustos a ser la víctima, el mártir. Aquella chaqueta gruesa no cumplía nada bien la función por la cual había sido creada, si objetivo era el mantener el calor corporal pero cada vez, a cada respiro, sentía que se le iba enfriando cada vez más, estaba calado hasta los huesos y el estar mojado no le ayudaba en nada, de hecho, no sentía los labios siquiera. Sonrió sin hacer ruido pensando en lo gracioso que sería verse a si mismo con los labios morados, el rostro azul pálido. Nunca se puso a pensar en cómo terminaría su vida pero definitivamente jamás se habría imaginado que de esa forma. Lo peor de todo es que no sabía porqué, solo sabía que debía esconderse y... esperar. Esperar algo. Un milagro, un rescate, lo que sea.

La madera, congelada por el intenso frío crujió audiblemente bajo el peso de unos pasos que a penas se escuchaban. De acuerdo, ya era la hora. Cerró la boca, la cual tenía reseca y no le sabía nada bien. Miró la pared que estaba frente a él, en un silencio extremo con la vana esperanza de poder burlar a aquél que le estaba persiguiendo. Pensó en la familia que alguna vez tuvo, en que aún seguía peleado con su padre y que su madre seguramente estaría en sus cuartos finales postrada en una cama en el hospital Good Samaritan, LA. Mientras tanto cerró los ojos y se apoyó contra la pared recubierta de escarcha, mala idea. Estaba el doble de congelada que él mismo, le dio un escalofrío que hasta le erizó el cabello de la nuca y los brazos. Vamos ¿A caso le quería hacer sufrir mas de la cuenta? Ni que fuese tan difícil matarlo y ciertamente ahora si deseaba la muerte para poder borrar la imagen de Emily. Y ella estaba ahí, mirándole con su dulce preocupación de siempre, con esos grandes ojos verdosos y su cabello de distintos y hermosos tonos rojizos que caían en suaves mechones por sobre sus hombros y espalda. Sus fracciones estaban impregnadas de preocupación, terror, tristeza devastadora. Para completar el cuadro y darle el toque perfecto, la cereza del pastel, ella portaba aquél vestido que le había visto lucir esa noche y solo esa noche. El reluciente azul marino y los volados de gasa estaban manchados con un lindo tono borgoña, gotas irregulares completaban aquella obra maestra de su parte. Bajo eso se podía apreciar con mucho de talle la apertura del estómago de una forma que muchos considerarían desagradable, pero no él, él la había amado tanto por como era por fuera como por dentro, en todos los sentidos de la expresión. Ella no poseía órganos, ninguno, estaba vacía.

Parpadeó con fuerza, estaba sonriendo como bobo, le dolía no tenerla, pero había disfrutado y atesorado en su memoria cada momento, cada corte, cada grito, cada sollozo, cada plegaria, cada mirada, todo, todo estaba en su cabeza. Lo recordaba tan nítidamente que hasta podría describir exactamente sus movimientos, la forma en que le había pedido que la dejase en paz, esos ojos llenos de lágrimas, la forma en que sus labios se movían cada vez que hablaba, siempre, todo, todo volvía a su mente. Cerró los ojos, pero ella seguía allí, testaruda a irse, a desaparecer. Siempre le había encantado llevarle la contraria, nunca le había dado la razón por mas equivocada que estuviese y él amaba escuchar aquellos argumentos sin sentido que ella refutaba. No entendía, no sabía cómo es que se le daba tan bien el hablar, con unas pocas palabras podría hacer sonar la burrada mas grande del mundo como algo sabio y de un significado profundo. Ella había sido única y lo mejor de todo, es que había sido enteramente para él. Nunca hubo otro, nadie mas la tocó mas que él y eso le complacía de sobremanera. Su mente seguía divagando, sumergiéndose en el fondo de esos exquisitos recuerdos tintados de sangre.

La carta había llegado, bajó corriendo las escaleras mientras escuchaba el crujido de los escalones al aguantar su peso por lo menos unos segundos, qué quisquillosos pensó rodando los ojos. De un tirón y como tenía bien en claro que no tenía llave, abrió la puerta para recibir al cartero. El hombre lo miró medio sorprendido, no se esperaba que le abrieran antes siquiera de llamar a la puerta o tocar timbre. El caso es que Scott había estado mirando por la ventana desde las 6.46 am y se había desilusionado muchísimo al comprobar que el cartero no pasaba hasta las 11 del mediodía.
- ¡Buenos Días! -Se le notaba enérgico, una sonrisa recorría su rostro y le hacía parecer mucho más joven de lo que en realidad era. Su vestimenta, típica y casual aunque bastante arreglada para la mayoría de las personas, constaba de unos jeans oscuros y una camisa negra con los dos primeros botones abiertos. Se había arremangado las mangas y mostraba su tono miel natural. El cabello oscuro lo llevaba todo revuelto y para completar portaba en los pies unos zapatos negros bastante elegantes pero muy a corde con lo que llevaba puesto.
- Uhm, eh, Buenos Días -La vacilación era algo que Scott no toleraba, le parecía una señal de inseguridad y estupidez, como si el cerebro del que tuviese en frente no pudiese procesar bien lo que pasaba a su alrededor, se fijó en que aún se le notaba algo afectado. El pobre cartero siempre había pensado que el tipo era algo raro, le había visto varias veces observando por la ventana y la verdad es que se sentía demasiado incómodo en su presencia, sus ojos azules eran penetrantes. Sentía que le estaba examinando con rayos X, que podía ver en lo mas oscuro de su alma y que sabía todos sus secretos. Algo bastante escalofriante si uno se ponía a pensar. Con una lentitud tortuosa metió la mano en su bolsa y extrajo un sobre, se le tendió.- ¿Esperaba la carta? -Preguntó, aunque en vez de haber sonado irónico había parecido mas bien una pregunta de verdad, completamente sorprendido. Su rostro demostraba lo anonadado que estaba y lo incómodo que se sentía.
- Pues si, es muy importante para mi -Le quitó el sobre de las manos con un poco de brusquedad que escondió realmente bien con una sonrisa de esas encantadoras que hacían caer a todas las niñas. Él era profesor, daba Literatura en la Universidad Stanford. Miró lo que tenía entre sus manos como si fuese algo que pudiese corromper, pervertir, algo que podría ser objeto de deseo de cualquier persona. El cartero asintió como si tal cosa, en realidad, le parecía un tipo raro. Bueno, raro se quedaba, sin dudas, corto.
- Espero que sean buenas noticias -Él solo contaba los segundos para marcharse, pero extrañamente le invadía cierta curiosidad en saber qué cosas pasaban por la mente del Sr. Withe. Siempre se le veía como un hombre que sabía mucho de todos los temas que uno se podía imaginar, raro hasta lo imposible, intimidante en exceso, uno requería de mucha actitud para mantenerse a su lado o si quiera mantener su mirada, muy pocas personas parecían ser de su agrado. Scott asintió y soltó una risa, estridente, fresca, el cabello se le había desacomodado más aún.
- Ya lo puede usted creer, que tenga buen día -Y así como así, le cerró la puerta en las mismas narices al cartero que se quedó parado durante un minuto entero ahí. Con una cara que, sinceramente, daba a pensar que había estado intercambiando palabras con un maniaco total y lo que pasa es que él no sabía que en realidad así era. O la gente común creería que era.